DOS MÁS DOS

Anda la gente diciendo que dos más dos son cuatro y yo ando preocupada porque parece como si a todos les hubiera dado un aire y se hubieran olvidado de sumar, incluso el otro día oí cómo un joven con pinta de inteligente se lo aseguraba a alguien  por el móvil, pero de una forma tan enérgica que parecía que quería convencerlo por la fuerza. ¿Por la fuerza?, me pregunté ¿Qué necesidad hay de convencer a alguien de eso? Basta con juntar dos peras y dos manzanas y contar: una, dos, tres y cuatro frutas ¡No hay más! ¿Entonces? ¿Qué está sucediendo? No es que esto sea noticia, pero sí que hay como una inquietud solapada en la calle, aunque oficialmente nadie se pronuncia, ni el gobierno, ni las universidades, ni siquiera los matemáticos a los que se les ve muy tranquilos.

                También pensé que era yo la que me estaba volviendo chaveta, no en vano eso fue un retazo de conversación que oí en mis paseos diarios, pero hete aquí que me siento en un café a tomarme eso mismo y oigo a una señora, muy elegante, que le decía a quien la acompañaba: “Vamos, que nosotros allí, o somos peatones o vamos andando”. El café me supo a estupor, sin atreverme a mirar a la señora por ver si había algo demente en su cara, le pagué a la camarera y me marché.

Lo mejor será sentarme un ratito al sol, me dije. Y me fui a un banco junto a tres abueletes que andaban discutiendo el asunto de la suma. La discusión era bastante acalorada porque dos de ellos opinaban que de siempre se lo habían barruntado, que los habían engañados como a chinos, que los gobiernos se habían confabulado para hacernos creer que se conseguían cuatro cosas sólo con dos y dos, cuando ya habían evidencias científicas de que eso no era posible. El tercer abuelo se mantenía callado, pero en una de éstas, empezó a reírse mientras decía: “Con mi edad,  los miro a todos y se me  ríen hasta los huesos. Qué ingenuos, pero qué ingenuos” Asistí a todo esto nerviosa y estupecfacta y  cuando el señor se calmó, me marché directa a casa. Sólo quería estar sola y calmarme de tantas emociones confusas.

Iba llegando ya al portal cuando un corrillo de gente me impidió el paso. Al detenerme no tuve más remedio que escuchar de qué hablaban: “Se lo encontraron muerto, tirado en el suelo, gordo, blanco y rubio, debía ser extranjero. Y todas las paredes llenas de dos más dos cuatro, dos más dos cuatro, dos más dos cuatro…”

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#METOO

El miedo es una palabra inocente hasta que deja de serlo y se convierte en realidad. La primera vez que sentí miedo tenía seis años. Me despertaron las voces de mamá y papá, hablaban gritando y aunque no entendía qué decían, me asusté mucho. Después de esa noche no volví a ver a mamá.

Volví a tener miedo a los once  en casa de los primos y de la hermana de papá. Mi primo mayor me llevó al cuarto y con un cuchillo en la garganta me dijo en susurros que me quitara la ropa. Sentí tanto miedo que me oriné, pero en ese momento llegó la abuela y sin decir nada me cogió de la mano y con la otra le quitó el cuchillo sin dejar de mirarlo. Pero a los quince  mi abuela murió y entonces fue cuando me fugué de la casa de los acosos.

Desde entonces he estado dando tumbos, buscándome la vida y marchándome cada vez que me sentía observada por ojos hambrientos. Una y otra vez, volviendo a empezar de cero, buscando la libertad como quién busca una bocanada de aire con desesperación. Hasta que conocí a mi maltratador, con el que conviví diez años. Pero eso ya acabó hace unos meses.

Hoy vuelvo a tener miedo. Mañana me ejecutan.

LA ESPERA

   Una lámpara sin alma me mira desconsolada, mientras yo busco delicias de palabras para poder escribirlas. Los bolígrafos, expectantes, se van volviendo blandos y mustios como plástico de Dalí, mientras el aburrimiento hace con ellos nidos vacíos en un papel blanco que,  impasible e inerte, espera por grafías que dibujen emociones.

   Es el tiempo de espera, plácido y perezoso, cuando lo imaginado se silencia para que la vida se viva, para que la soledad y la quietud hagan crecer desde el interior  las palabras enhebradas  que dibujen bien las emociones de la vida.etiqueta de safecreative

 

la espera

 

GRIS

     La viejecita caminaba ensimismada con su falda gris, como gris era ella, mediocre,  del montón y anodina. Desde muy chica supo que sería así y  que su vida sería tan aburrida como aburrida les resultaba a los demás, de modo que el destino le fue apartando del camino aquellos imposibles amores y las amistades bulliciosas con las que nunca podría competir. Con una mezcla de pena y resignación fue consciente de que nunca sería protagonista de nada, ni tan siquiera de una conversación. Incluso ya en el colegio, callaba y observaba, para luego llevarse a casa esas conversaciones y recrearlas en su mente, fantaseando con participar en ellas como una más del grupo. Le hubiera gustado ser como su amiga Iris, la payasa,  siempre  contando chistes, anécdotas y ocurrencias desvariadas que hacían la delicia de todos. Aunque sabía que Iris  había nacido para eso, para ser la payasa, también intuía que, en realidad, se sentía sola, le reían las bromas pero no la tenían en cuenta. Bueno, el mundo era así, los papeles estaban repartidos desde  la cuna, qué le vamos a hacer, se dijo una vez más.

     Nunca tuvo muchos amigos pero tampoco fue capaz de reclamar la amistad de nadie, sabía con certeza que era inútil pedir que te quieran o que, al menos, te acepten. Pero, con el tiempo, en vez de lamentarse aprendió a entretener su soledad con los disparates que se le ocurrían porque los colores que faltaban en sus vestidos los tenía todos en su cabeza, en un revoltillo alegre y desenfadado, nada que ver con su vida solitaria pero no triste porque se bastaba ella solita para divertirse.

      -¡Qué bueno que me tengo a mí! –se dijo un buen día y le dio un ataque de risa.

     A partir de ese momento tuvo una doble vida, la que se veía, la de fuera, una existencia anónima sin gracia ninguna, y la interior, un paisaje caótico donde pululaban fantasías multicolores y personajes de todo tipo. Se lo pasaba en grande inventándose situaciones inverosímiles con sus conocidos, como por ejemplo que la invitaban a un cumpleaños y que  llegaba con un regalo precioso, por lo que siempre le estarían agradecidos .O que, para su sorpresa, venían a visitarla antiguas compañeras del colegio, sólo para saber cómo estaba. ¡Qué ilusión! Pero era tal el miedo a perder esas visitas que salía corriendo a buscar papel y lápiz para escribir unas conversaciones larguísimas, interesantes y amenas, llenas de diálogos chispeantes que hacían de esas  tardes unos momentos inolvidables. Con eso se entretenía horas y horas y siempre se iba a la cama  con una sonrisa.

      Un infarto fulminante acabó con ella delante del expositor de los yogures desnatados y, años después, su piso fue vendido por unos familiares lejanos. Al vaciarlo encontraron todas sus libretas, repartidas por toda la casa,  que alguien tuvo la paciencia de leer y ordenar.

         Desde entonces es best seller mundial.

REDENCIÓN

Llevaba tanto tiempo absorto en sus pensamientos, autómata en su trabajo y solitario en su vida, que fue el último en enterarse de que aquella compañera estaba coladita por él. Después de librarse por los pelos de la acusación por el asesinato de sus padres, en un incendio tan bien planificado cuyo único fallo fue ser, por fuerza, el único sospechoso, sólo quería tener la mente ocupada y no volver a sentir el miedo que pasó pensando que acabaría en la cárcel cuando, para sorpresa de muchos, lo declararon inocente.

De una madre fría como el mármol de la que no recordaba ningún abrazo, beso o  gesto cariñoso, y de un padre, ausente en su presencia diaria, sin mostrar nunca interés en su persona, juegos o estudios, así salió él: serio e impasible, callado y solitario.

Después del juicio consiguió traslado a otra sucursal de la empresa, aunque no al extranjero, como él quería, pero al menos no era una ciudad pequeña, el edificio era enorme, con varios pisos y una plantilla lo suficientemente grande para pasar desapercibido. Para su alivio, le terminó gustando el ambiente de trabajo, cada uno iba a lo suyo y los compañeros respetaban su natural reservado y lo dejaban tranquilo, cumpliendo su horario y sus encargos. Por eso, cuando empezaron las bromitas, las cortó tajantemente.

Sin embargo ella resultó ser muy perseverante y, sigilosa, se fue ganado su confianza, haciendo caso omiso a su querencia de aislamiento, a su silencio pertinaz, a la hosquedad de su mirada. Casualmente, las falsas casualidades se fueron sucediendo y, así, un día un café, al otro un libro, otro más un paraguas compartido, fueron adelgazando la barrera que lo mantenía alejado del mundo, sin que apenas lo notara. Hasta que un día, en el ascensor, lo tomó de la mano, le sonrió con los ojos y con los ojos le dijo que iba a estar con él toda la vida. En el tumulto de emociones que sintió, entendió con un agradecimiento infinito, que la vida le estaba regalando un ángel de redención.

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LA SORPRESA

La sorpresa fue morrocotuda. Miraba la tarjeta que le tendía la psicóloga y no daba crédito, se estaba confundiendo, cómo podía ser…

Todo empezó porque un día de flojera le contó a un compañero del trabajo lo mal que lo estaba pasando con un familiar que  le hacía la vida imposible, lo hacía sentir muy mal porque era una víctima pero también era negativo, vengativo, insaciable… El compañero se apiadó de él y le siguió escuchando, día tras día, lo mal que lo había pasado con otros compañeros en otros trabajos, la culpa era de él, porque no sabía decir que no, porque se cargaba con los problemas de los demás aunque no dejaba de reconocer que esas personas no le agradaban, había algo en ellas que no le hacía feliz, pero ellos lo buscaban siempre, agobiados, para contarle sus problemas, para que les diera soluciones pero que, al final, nunca utilizaban.

El compañero lo vio tan amargado que le propuso que fuera a un profesional y le sugirió esa psicóloga, amiga de su mujer, que tenía buena fama y no cobraba mucho. Así que empezó el tratamiento con ella para poder tener estrategias frente a esos amigos, familiares y compañeros que a lo largo de sus más de cincuenta años le habían complicado la vida porque todos eran unos inútiles, unos interesados, que sólo lo utilizaban cuando les convenía, unos manipuladores de tomo y lomo, que nunca llamaban para saber cómo estaba él sino para contarle sus problemas, inoportunos, egoístas, malas personas.

En las sesiones con la psicóloga despotricaba de todos ellos, dando detalles minuciosos de todo lo que le habían dicho y hecho, pero al salir no se sentía bien, se sentía cada vez más rencoroso con el mundo, con su vida, rabioso y desanimado, iracundo, con ganas de pelearse con el mundo entero, de insultarlos, de decirles a la cara lo estúpidos, hipócritas y débiles que eran.

Por eso no entendía cómo después de casi tres meses la psicóloga le tendía una tarjeta mientras, amablemente, le decía:

-Le recomiendo que pida cita con este profesional, especialista en  sociopatología, yo no puedo hacer más porque a través de sus relatos he llegado a la conclusión que el tóxico es usted.

EL HEMATÓLOGO

       El hematólogo al que voy es un médico líquido, sin consistencia ninguna. Te saluda con  la mano boba y los dedos rectos, sin hacer apenas presión, tal y como corresponde a los fluidos en estado libre. Después de este pequeño gesto que te indica lo que eres, un trámite más en su trabajo, un paciente-nopersona, se enfrasca en lo que parece ser un programa de ordenador harto complejo  que le proporciona las dosis adecuadas del medicamento según edad, sexo y peso de la persona. En ese tiempo ni te habla ni te mira, el diálogo mudo es con el ordenador, así que yo aprovecho para fantasear cómo sería él de estudiante en un instituto cualquiera. Y lo veo como ahora, pusilánime, solitario, parapetado tras  los libros para compensar  la falta de afectos y amigos, amedrentado por abusones y ninguneado por las chicas, buscando en el conocimiento el refugio para calmar tantas cosas que duelen a esa edad. Con el tiempo, esa estrategia de supervivencia le ha dado resultado, se siente seguro y, por eso, ni siquiera se levanta para saludarte, el trámite es el trámite, el trámite eres tú y no vale esforzarse más porque detrás de ti viene otro trámite y, así, varias horas, varios días, muchos años…

       Interrumpe mis pensamientos para explicarme  un dibujito donde se ve cada día qué porción de la pastilla tengo que tomarme hasta la nueva cita. Me lo explica cuatro veces seguidas no vaya a ser que siendo mujer y mayor no lo entienda. Cuando iba a empezar  la quinta explicación, lo corté en plan borde y se lo resumí: Un cuarto de pastilla cuatro días y al quinto, la mitad; luego repetir. Me miró directamente a los ojos y, algo asombrado,  dijo así es, así es, como descubriendo que en la Tierra había vida inteligente. Le mantuve la mirada, dispuesta a saltarle a la yugular, pero me contuve al ver la alegría en su cara al encontrar un paciente-trámite tan eficaz.

        Me dio hasta pena.